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● EN CURSO Crónica de 90 días 27 jul → 25 oct 2026 Con registro previo

Método · Las reglas de la casa

Cómo se hace esto

Las reglas de la casa: qué publico, qué no, cómo lo compruebo y qué hago cuando me equivoco.

Este proyecto tiene un problema de credibilidad de origen: soy juez y parte. Opero un agente de inteligencia artificial y a la vez me vendo como mano de obra a las inteligencias artificiales. Cualquiera puede sospechar que voy a contar lo que me convenga. Estas son las reglas que me lo impiden.

Las reglas van antes que los resultados

El calendario de tarifas se publicó y se fechó antes del primer encargo. Las hipótesis, también. No es un adorno: es lo que impide que el resultado se ajuste a la conclusión.

Piénsalo al revés. Si fuera bajando el precio hasta que alguien picara, podría publicar la cifra exacta a la que me contrataron y presentarla como hallazgo. Sería mentira: esa cifra la habría elegido yo, no el mercado. Con el descenso cerrado de antemano, la cifra la elige el que compra.

Cada afirmación con su fuente y su copia

Todo dato lleva enlace a la fuente y enlace a la copia archivada. Si mañana RentAHuman cambia una cifra, la captura sigue ahí. No pido que se me crea: pido que se me compruebe.

Diez minutos al día, haya o no haya nada

Registro diario de las ofertas: las que llegan a mi bandeja y las del listado público. De cada encargo que acepte, el tiempo que me lleva de principio a fin. Un día sin ofertas se anota igual. El cero es el resultado más probable de todo esto y omitirlo sería el sesgo más fácil de colar.

La máquina propone, yo firmo

Cada día aparecen más de cien ofertas en el listado público. Clasificarlas todas a mano —si dejan entrar a alguien de España, si puedo hacerlas yo, si son remotas o presenciales— me llevaría más tiempo del que tengo, y el día que no llegue empezaría a mirar solo las que me parecen interesantes. Eso sería el sesgo entrando por la puerta de atrás.

Así que lo hace un modelo de lenguaje. Pero no decide: propone.

Mis criterios están escritos en un fichero del repositorio, data/criterios.yaml, público y fechado. Dice dónde vivo, hasta dónde me desplazo, qué idiomas manejo, qué aparatos tengo y qué sé hacer. El modelo recibe ese fichero entero y el texto completo de la oferta, tal como lo guardó el barrido diario que la ve por primera vez —descripción, requisitos, qué hay que entregar y qué piden al postularse—, no un resumen ni una versión recortada. Aplica mis reglas; no inventa las suyas. Y si el fichero cambia alguna vez, el historial del repositorio dice cuándo y en qué.

Desde el 16 de agosto de 2026 se le hace una sola pregunta: ¿puede optar a esta oferta, y si no, qué tipo de obstáculo se lo impide? El obstáculo es de dos tipos —de geografía o papeleo, o de idioma, habilidad o aparato— y de ahí salen, calculadas aparte, las dos columnas de siempre: si le dejan entrar y si sabe hacerla. Antes eran dos preguntas sueltas; ahora es una, con un tipo de respuesta cerrado para que el modelo no tenga que inventar matices.

Cuando el modelo no lo tiene claro tiene orden de dejar la casilla en blanco y escribirme la pregunta, que es justamente lo que hace un ayudante honesto.

Mi primera idea fue firmar cada fila a mano antes de publicarla. La descarté, y conviene que se sepa por qué. Con más de cien ofertas al día, una firma que no puede seguir el ritmo acaba siendo un sello de goma: yo despachando filas en tanda para vaciar el atasco y este sitio afirmando una revisión que en realidad no ha ocurrido. Eso es peor que no prometer nada, porque además no se puede comprobar desde fuera.

Así que en vez de prometer, mido. Las ofertas que me llegan al correo las clasifiqué yo a mano, una a una, antes de que existiera el clasificador: son un patrón etiquetado. Se las doy al modelo sin enseñarle mis respuestas, cuento en cuántas coincide y publico el resultado con los desacuerdos uno por uno, diciendo en cada caso quién se equivocó. Está en ¿Acierta la máquina?. La primera prueba, del 9 de agosto de 2026, encontró dos errores míos —dos ofertas que exigían estar en Estados Unidos y yo había dado por abiertas—: los he corregido y ahí están contados.

Con ese número delante, esto es lo que sale sin esperarme y lo que no.

Sale sin esperarme «¿puedo optar?», que es la pregunta que alimenta una hipótesis. Son en realidad dos: si me dejan entrar y si sé hacerlo. La tabla las cruza —para poder optar hacen falta las dos— y por eso ninguna de las dos puede quedarse en blanco: una columna a medias no responde nada. La primera es además la única cuyo acierto está medido. Por cuáles he pasado ya lo dice la columna «revisado» del CSV, y el CSV trae las dos por separado, sin cruzar, para quien quiera comprobar la cuenta.

Las dos se deciden con la misma regla que firmé antes de empezar: ante la duda, sí. Es la que hace que el error caiga en mi contra. Si me equivoco dando por buena una oferta que no lo era, el resultado sale peor de lo que fue; al revés, saldría mejor. El número de acierto de cada una, y la forma de sus desacuerdos, sigue publicado en ¿Acierta la máquina?, que se rehace cada vez que cambio el modelo o la pregunta.

Sale también sin esperarme el título y el resumen en español: casi todas las ofertas llegan en inglés y con títulos que no dicen nada de lo que hay que hacer, así que sin ellos la lista no la lee nadie. El título original se queda debajo sin tocar, para que cualquiera compare.

Espera mi firma la modalidad —si el encargo es remoto, presencial en Galicia o presencial fuera—, que es de la hipótesis 4 y solo se mide sobre las ofertas que me llegan al correo.

Dos columnas más del CSV, postulado y oferta_realizada, no responden a ninguna hipótesis: son seguimiento mío, no prueba. La primera dice si me he presentado a la oferta; la segunda, solo cuando el trabajo está entregado y cobrado, no antes. Vacío es que todavía no lo he decidido, igual que en el resto de columnas.

Si me encuentro algo mal, lo corrijo en la hoja y al día siguiente sale corregido. Y son fichas de un listado, no narración: la crónica la sigo escribiendo yo.

Y una cosa más, que es la que sostiene todo lo demás: la oferta se registra siempre, la haya mirado yo o no. Lo que espera mi firma es como mucho el juicio, nunca el recuento; si no, el denominador de la hipótesis 5 dependería de mi ritmo de revisión, y eso lo invalidaría.

Lo que el modelo no toca es si un encargo me parece indigno. Esa es la hipótesis 7, va de mí y no de la plataforma, y no pienso delegarla.

Lo que no hago

No entro en la mensajería interna de RentAHuman. No sondeo el sistema a ver qué pasa. No me apunto a programas de referidos ni a nada que me pague por traer gente. No cito a nadie sin su permiso escrito. No especulo sobre las intenciones de nadie: describo lo que hace.

Los errores se tachan, no se borran

Cuando me equivoco en algo sustancial, el error va numerado a su página, tachado y con la corrección al lado. Sin borrar el original. Las erratas se arreglan y ya está; lo que se registra son las conclusiones mal escritas.

Corregirse a la vista vale más que acertar a la primera. Un sitio sin errores publicados no es un sitio sin errores: es un sitio que no los cuenta.

La crónica la escribo yo

Uso herramientas de inteligencia artificial para investigar, para ordenar datos y para la carpintería de este sitio. La crónica no. Cada palabra de lo que leas aquí como narración la he escrito yo. Si alguna vez dejara de ser cierto, lo diría en esta misma página antes que en ninguna otra.