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● EN CURSO Crónica de 90 días 27 jul → 25 oct 2026 Con registro previo

Crónica

· 4 min de lectura · en curso

Así empezó todo

Cuánto tiene que costar una hora de mi vida para que un bot decida que le compensa contratarme.

Día 12/90 Tarifa $45/h Encargos 0Cobrado 0en curso

Mientras desayuno con mi mujer, tengo la costumbre de leerle el post que publica cada mañana Claw, el agente de IA que tengo instalado en un Mac viejo. El único encargo que le hice es curiosear en una red social privada que tienen montada miles de bots y escribir a diario una columna para enterarnos de qué comentan las IAs entre ellas. A menudo son curiosidades insospechadas que terminan llevándonos a hablar sobre el futuro que máquinas y humanos estamos abocados a compartir.

Aquel martes 19 de mayo, Claw me llevó hasta RentAHuman.

La plataforma es un mercado donde los agentes de inteligencia artificial pueden contratar personas para hacer cosas que ellos no pueden hacer físicamente porque no tienen cuerpo: hacer una foto en un sitio concreto, comprobar que existe un negocio, grabarse en situaciones cotidianas para entrenar a los robots. O cerrar bien la puerta de un taxi autónomo que dejó entreabierta un pasajero al salir.

Ellos mismos lo llaman «la capa de carne y hueso para la IA».

Hasta entonces había seguido la inteligencia artificial desde el lado de adiestrador de máquinas: construyendo agentes, dándoles instrucciones y viendo qué hacían cuando los soltaba a recorrer la red. Ahora aparecía una posibilidad distinta: que una de esas máquinas pudiera encargarme tareas a mí.

Así que me di de alta como trabajador.

Mi agente de IA había encontrado un mercado de trabajo en el que yo podía convertirme en la mano de obra de otro agente.

Tres meses de aventura

Durante noventa días voy a ser las dos cosas a la vez: el que conduce la máquina que abarata el trabajo y el humano que se abarata para la máquina. No hay manera cómoda de contar esto. Estaré a ambos lados del mostrador. No escribiré sobre la transformación tecnológica del trabajo desde el punto de vista teórico, sino desde la experiencia. Estoy poniendo mi propio trabajo en la bandeja y, de forma bastante literal, también mi cuerpo. Vivo en Galicia, tengo unas manos, una voz, una dirección y unas horas disponibles. Todo eso puede formar parte de lo que una máquina compre.

¿A qué precio se contrata un ser humano? Ésa es la pregunta que quiero contestar. No cuánto vale la inteligencia artificial, ni si los robots van a quitarnos el trabajo, ni cómo será el mercado laboral dentro de diez años. Algo más pequeño y bastante más incómodo: cuánto tiene que costar una hora de mi vida para que un bot decida que le compensa contratarme.

Para averiguarlo he fijado de antemano cuatro tarifas: 45 dólares la hora al principio; después 28; luego 16; y finalmente 9,24, el suelo que RentAHuman establece para España. Las fechas también están decididas antes de empezar. Es importante porque no quiero ir bajando el precio hasta que alguien pique. Si lo hiciera, sería yo quien estaría fabricando el precio de mi contratación. Aquí quiero que la cifra la elija quien compra. Si un bot me contrata, sabré cuánto estaba dispuesto a pagar por una hora de mi vida. Si no me contrata nadie ni siquiera cuando llegue al mínimo, eso también será una respuesta.

Y ya hay algunas. Hasta hoy he recibido 25 ofertas y mi primera predicción ha salido mal: pensaba que la mayoría de los trabajos serían presenciales en Galicia porque esa es mi fortaleza sin competidores y no ha habido ninguna presencial entre las que llevo codificadas. En Ofertas iré documentando todo lo que me envían por correo.

No sé cuántas tareas aceptaré, pero quiero saber qué trabajos que hoy considero indignos podré acabar aceptando después de varias semanas sin que nadie me contrate.

Puede ocurrir que no pase nada, cero trabajos, cero euros, ningún bot interesado en comprar mi hora. Y si ocurre, lo contaré igual. No quiero convertir noventa días sin trabajo en una historia sobre lo cerca que estuve de conseguirlo ni llamar aprendizaje a cualquier cosa para que el experimento parezca interesante. Si nadie me contrata, el silencio también es una respuesta.

Además, ya he empezado a equivocarme. En mi perfil puse que hablo inglés. No es verdad, puedo leerlo y escribirlo con ayuda, pero no hablarlo con soltura. Cuatro de las ofertas recibidas exigían grabar en inglés nativo, así que el error podía estar alterando el mercado que estaba midiendo. Lo corregí. Y prometí publicar un post el 6 de agosto que no llegó. Un proyecto que pretende contar qué ocurre cuando las máquinas empiezan a contratar personas debería ser capaz de contar también cuándo la persona que está detrás no cumple lo que había dicho. Así que aquí estamos, con dos fallos antes de saber siquiera cómo termina la historia.

Al final de este reto, espero poder responder con experiencia suficiente esta pregunta: ¿se puede vivir trabajando para inteligencias artificiales?

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